miércoles, 21 de julio de 2010

Harmonía

Ya he contado que en los años ochenta viví en Los Ángeles. Recuerdo cómo llegué allí, en mi barco, siguiendo las indicaciones por radio.

-Answering captain B.R.: Dock on third row, left side, come in passing by the green buoy, please –Mi velero casi acariciaba con la quilla las poco profundas aguas del puerto deportivo-, over and out.

Un joven afirmó el cabo al noray, welcome to Malibú, sir. Me desperecé, el sol navideño fue mi desayuno. Dejé a Nukita durmiendo en el camarote. Miré a mi alrededor, a todos y cada uno de los barcos vecinos, al ajetreo de patrones ociosos e invitados sonrientes. California.

Tras unas pequeñas gestiones paseé por tierra firme, estiré las piernas y volví al the Seventh Seal a despertar a mi mujer. Nuestra vieja casa flotante en un nuevo vecindario.

Nunca olvidaré ese día.

Antes de subir, me crucé con un hombre de mediana edad que portaba un vaso ancho y chato con líquido transparente ligeramente anaranjado. Levantó el brazo derecho sosteniendo con la mano el combinado como lo hacen las garras mecánicas de las máquinas de premio de las ferias y separó el dedo índice para señalar un barco de unos sesenta pies. Sin más me susurró: ése es mi barco, Harmony, lo voy a recuperar pronto. Asentí sin hablar y le ofrecí un Pall Mall, que se llevó a la boca, oculta tras una espesa barba.

Nukita miraba desde la cubierta sonriendo, con los ojos aún hinchados y el pelo revuelto. Me despedí del hirsuto vecino y proseguí el placentero trabajo en el barco.

Ahorraré más detalles e iré a la situación que marcó nuestras vidas.

Aún siendo California y luciendo el sol, la temperatura no llegaba a ser cálida y el agua del mar prometía estar fría como el hielo. Tuvimos que abrigarnos, nuestro primer día anunciaba su ocaso.

Nukita y yo disfrutábamos de una merecida sobremesa con el rumor de este nuevo y extraño acento inglés de la costa oeste. El recién conocido marinero, bastante borracho, charlaba con sus amigos. El espectáculo era divertido, y pese a que evitábamos mirar demasiado, no podíamos menos que estar fascinados comprobando cómo, tras intentar ser disuadido, se quitó la camiseta y se tiró al agua junto a su Harmony.

Se sumergía unos segundos, apenas cubría el doble de su altura, emergía a respirar y vaciaba su vaso chato. Así repetidamente, tantas veces como llenó el vaso con vodka y zumo de naranja. En ocasiones salía del agua primero su mano, con una fotografía, y luego el montón de pelo de su cabeza. Dejaba el tesoro en el pantalán con cara triste y decía entre dientes el nombre de la mujer retratada. Sacó fotos, un trofeo muy pesado, un disco de vinilo con el cartón deshecho, una lámpara, libros…

Sobre su barco debía pesar alguna orden judicial, de embargo o incluso haber sido perdido en una apuesta, lo miraba, acariciaba su proa, pero en ningún momento llegó a poner un pie en él.

Sus compañeros reían y nos miraban de tanto en tanto, alguna vez les sonreímos y alzamos nuestros oportos.

Pasaron las horas. Nukita y yo saltamos a tierra firme, cansados ya de estar sentados. En ese momento nos alarmaron los gritos de Dennis, Dennis,… se materializó aquello que ambos habíamos pensado y no habíamos verbalizado. Borracho buceando, peligro. Corrimos los diez metros que nos separaban del lugar del espectáculo. Las cuatro personas que habían acompañado al bañista miraban inquietamente al agua, no nos explicaron nada porque habíamos sido cómplices durante más de dos horas. Un hombre alto y calvo nos dijo que era una broma, Dennis es un bromista nato, pero sus ojos desconfiaban, no conseguían ni engañarlo a él mismo.

Moví mis brazos como un violento molino dirigiéndome a los mozos del puerto, éstos se dividieron en dos grupos, dos corrieron hacia nosotros y otro al puesto de control.

Buscaron debajo de las relucientes maderas verdes del muelle, saltaron de barco en barco, incluso del Harmony, sin dejar de mirar el fondo marino. Nada. El mar solo devolvía ligeras ondas provocadas por el movimiento de los barcos.

Llegó la policía, y con ellos un equipo de submarinistas.

Tras varias horas de búsqueda, el cuerpo sin vida de aquel hombre fue sacado del agua en un escorzo que me recordó a la Piedad de Miguel Ángel, entre sollozos, gritos y algunas caras de estupefacción.

Bienvenido a California, el sueño ha terminado.

Dennis Wilson, batería de los Beach Boys, murió en 1983. Estuvo siempre a la sombra de sus hermanos, en una bulliciosa soledad, y publicó uno de los discos más melancólicos jamás registrados: Pacific Ocean Blue.

domingo, 28 de marzo de 2010

Debe ser él mismo

Desde la terraza del hotel veía encenderse las ventanas en la orilla asiática del Bósforo como velas eléctricas, sin temblores, vivamente rojas conforme el sol se ponía a mis espaldas.

Allí preparaba un ciclo de conferencias ante estudiantes de periodismo de la Universidad de Estambul, muy atento a las manecillas de mi Girard Perregaux.

Nişantaşı no estaba tan lejos como para que aquel colega tardara más de media hora en llegar. Apenas conocía a Orhan. Iba a venir como profesor asociado a mi universidad y tenía muy pocas referencias suyas.

Pero cuando entró tropezándose con las sillas, con la camisa por fuera y la cartera de cuero rebosante de libros, descubrí porqué destacaba este joven:

- How are you, Professor B.R.? -Ni disculpas ni rodeos- I am going to New York this year-. I know you are from Columbia University. I want to discuss some things with you about that.

Tras hablar de Columbia, algunos departamentos, varios coordinadores y cosas aún más aburridas de mi trabajo, pasamos a temas más agradables. Había tomado nota de absolutamente todo. Me contó que él también había escrito un par de libros y que le gustaría dedicarse a ello al cien por cien.

En ese punto, aceleró el ritmo inconscientemente hilvanando mis títulos con sus ideas. Sin parar de hablar, se giró para sacar y dejar caer cientos de papeles encima de la mesa, haciendo tambalear mi copa de vino blanco y su té.

Puso sus ojos en el montón de papeles de la mesa y, señalando unas líneas aquí y otras allá, me iba contando.

Aquel montón de garabatos en turco era un complejo jeroglífico para mí. Por fin puso los pies de puntillas en el suelo al ver mi reacción y me contó, por encima, qué había significando tanta diéresis, breves y virgulillas. A mis ojos seguían siendo virutas de herrumbre bailando encima de un imán.

Hablamos durante una hora más.

Al día siguiente localicé a Orhan mirando atentamente a través de sus enormes gafas desde la tercera fila. Al finalizar la sesión ni se acercó a mí, encaró el pasillo como uno más de tantos estudiantes y se fundió con otros cientos de cabezas.

Ciertamente, cuando me metí en la cama aquella noche ya había olvidado el episodio: tenía que madrugar para coger el avión de vuelta a Nueva York y el cansancio me lo ponía fácil.

Confieso que me desperté en la cola de facturación. Hice un repaso rápido de lo que me pude haber dejado en la habitación del hotel y, sin estar seguro de ello, entregué mi pasaporte a la bella señorita turca.

Busqué mi asiento, coloqué mi maleta de mano, me senté y cogí un periódico. Pocos segundos después, una mochila de cuero golpeó mi reposabrazos, rebotando pesadamente. Orhan sonreía sorprendido. Yo le sonreí evitando parecer sorprendido. Me levanté para estrecharle la mano mientras le citaba algo de lo que habíamos hablado un par de noches antes.

Pasamos muchas horas juntos sobre el atlántico y fue así como cogí cariño a este joven turco que se embarcaba hacia los Estados Unidos con la ilusión seguir aprendiendo en occidente. Había poco de turismo en sus intenciones. No sé porqué, pero fue precisamente eso lo que más me atrajo de él.

Cuando recogimos las maletas de la cinta transportadora ya teníamos planes juntos para ese año, que posteriormente se cumplieron, uno tras otro, puesto que eran tan realistas como embriagadores.

En los tres años que estuvo en Nueva York le llevé al Dakota, a Newark, al barrio turco, a Manhattan e, incluso, un día le invité a cenar en mi apartamento. Sería injusto decir que yo, como lobo más viejo, le enseñé más cosas que él a mí.

Orhan Pamuk recibió el Premio Nobel de Literatura en 2006 convirtiéndose en el escritor turco más prestigioso, amado y odiado por su valentía política.

jueves, 25 de marzo de 2010

El final de una era

Primero de Junio de 1973, me desesperaba viendo las paredes de mi habitación. El Hospital Stoke Mandeville era desoladoramente aburrido.

Nadie venía a verme, solo los minutos que, uno tras otro, se sentaban en mi cama unas horas. En los dos primeros días estuve tumbado sin poder moverme, apenas pudiendo leer, unas veces por el dolor y otras por la morfina.

La tercera madrugada escuché murmullo en el pasillo, pasos y ruedas oxidadas acercándose hacia mi habitación. La puerta se abrió de par en par empujada por una cama con dos pies exageradamente escayolados como un mascarón de proa.

- A new colleague, B.R. – La enfermera pelirroja asomaba por detrás del nuevo invitado.- He is Robert, say him hello!

Un hombre de mi edad, aturdido y pálido. Su mano derecha abrigaba una frente despejada de pelo largo y sucio, la izquierda estaba cerrada con fuerza, erguida unos centímetros sobre la sábana azul que le tapaba el abdomen. Un enorme bulto: eso eran sus piernas. Junto a la cama caminaba una joven rubia con cara de dolor.

Sólo ella levantó la comisura de sus labios en señal de saludo. Robert estaba al límite de la inconsciencia y apestaba a cerveza negra. No conseguí respetar su intimidad y tras dos horas de cómodo silencio pregunté a Alfie, así se llamaba ella.

Una fiesta, alcohol, drogas y una ventana en un tercer piso: Las dos piernas rotas y la última vértebra destrozada. Estaban esperando diagnóstico pero no confiaban en que pudiera volver a andar.

Fue muy duro reconstruir el accidente en mi imaginación, pero de tal forma también conseguí olvidar el que me había llevado a mí allí.

Robert permaneció atado a la cama durante doce semanas, once más de las que yo estuve con él. Habíamos empezado a hablar el día siguiente a su llegada y nuestras pequeñas conversaciones acerca de Mallorca, donde ambos habíamos vivido, nos cicatrizaban otras heridas. Teníamos pocas palabras pero nos las regalábamos sin gratuidad.

Por fin venía gente a la habitación, incluso creo que algunos venían tanto a ver a Robert como a degustar los Kir que les preparaba con vino blanco francés, conseguido ilegalmente a través de una cocinera del hospital. Nick Mason, Gilly Smith, Kevin Ayers, muchos nombres más que no recuerdo y un amigo común: Henry Cow.

Muchas veces la habitación 213 pareció un pub de Bristol, incluso fumábamos sin preocuparnos de las enfermeras.

Pasaron los meses y yo sólo iba a la 213 de visita. Algo me había unido a este personaje que acercaba su silla de ruedas al ventanal y veía caer la lluvia mientras cantaba como un pájaro herido.

Cuando llegaba y le veía de espaldas goteaban en mi mente los cambios que iba a tener que aceptar poco a poco, cuando saliera de allí. Era batería de un grupo, y ya nunca iba a poder tocar igual, solía ser el centro de atención en las fiestas y ahora nadie alcanzaría a verle por su estatura.

Su voz se había resentido tanto por el sufrimiento que, según me dijo, ahora tenía que pedirle a Alfie que le escribiera los textos para que casaran mejor con su nuevo tono.

Robert Wyatt se convirtió tras su accidente en un, aún más, reconocido músico experimental, independiente e impermeable.

viernes, 1 de enero de 2010

Aquí no fumes

En el Soho londinense, concretamente en el 41 de Dean Street, se encontraba The Colony Room. Inaugurado en 1948, contaba con una clientela increíblemente exclusiva. Muriel Belcher sabía muy bien cómo convertir adustos locales en referentes para la vanguardia intelectual y la estratosfera social.

Sólo podían entrar al club aquellos bebedores que venían recomendados por alguno de sus relaciones públicas. Y así fue como conocí a Francis, en la fiesta de un amigo común muy cerca del mismo Soho:

- A friend of mine told me about you, B.R. -ésta fue su presentación. Sabíamos perfectamente quiénes éramos, no pudimos darnos la mano porque ambos sujetábamos varios cocktails para repartir–, I would like to meet you at Muriel’s tomorrow night at eight. Right?

Asentí con mi mejor sonrisa y llevé los cocktails a mi grupo de invitados. Le observé durante horas: Francis saludaba a gente, se escondía para beber solo, besaba a unos y a otras, miraba solitariamente las estrellas desde el balcón, reía a carcajadas…

Esa misma noche otra persona me quiso invitar al Colony Room, pero soy un hombre de palabra y de pocas palabras: mi gesto con la cabeza tenía el valor de un contrato.

A la mañana siguiente desayuné con la cabeza llena de planes. ¡Francis Bacon! Me gustaba mucho lo que había visto de él en la Galería Hanover y, según la prensa francesa, a varios comisarios de París también. En Nueva York sólo habíamos visto una obra suya y yo quería llevarla entera.

Fue emocionante ver llegar la noche y pasear desde mi Hotel hasta el Muriel’s, como se le llamaba comúnmente. Me esperaba en la puerta un Bacon sonriente. Esta vez sí nos dimos la mano y dos besos. Me guió por el pequeño club. Los cambios de humor fueron apareciendo a ritmo de Noilly Prats y de Glenkinchies recién traídos de la destilería. Así como a la gente normal cuando se emborracha le da por hablar de sus vidas e idealizarlas, nosotros nos ninguneábamos con humor y disparos certeros.

Estaba dispuesto a consentir a éste maldito irlandés cualquier insolencia con tal de poder ver su estudio. La primera fue tan elegante que hasta le felicité. A la segunda respondí con soberbia oportunidad. Eso avivó el fuego. John Minton, el tercero en nuestra conversación, intentó varias veces salirse del diálogo saludando a gente que pasaba a su lado. Pero no lo consiguió, Francis le ofrecía tabaco o buscaba su asentimiento en esos momentos clave. Era un blando.

Poco después conocí a Muriel y a Lady Rose McLaren. Llegaron en un momento dulce, Francis estaba adulándome, masajeando mi piel con alcohol antes de agujerearla con otra jeringuilla retórica. Se sentía seguro rodeado de su grupo más cerrado de amigos y en su territorio. Entré definitivamente en su vida cuando contesté a Muriel: sí, invitaré a Cole Porter al Colony Room.

Ambas mujeres cambiaron el estilo de la conversación tras mi respuesta, tomaron protagonismo dirigiéndose una a Minton y a Bacon, la otra a mí. Algo le dijo Lady Rose a Francis que hizo pesar sus ojos verdes sobre mí. Muriel, abruptamente, me dijo al oído que contara con él para llevarlo de nuevo a New York, ella le convencería, ¿cómo había sabido que estaba allí como comisario de arte? Me frustró comprobar cómo las mujeres pueden ser más afinadas, convincentes y persuasivas que yo, sin ni siquiera entrar en acción. Incluso con un hombre homosexual al que no podían tentar.

Desde entonces hasta la hora de salida del Club, lo que pasó ya no estuvo bajo mi control. La noche, totalmente blanca por la niebla, nos helaba las manos y las rodillas. Paramos un taxi y nos dirigimos al estudio. Francis y yo, solos, él estaba muy borracho.

Bajamos en un callejón, pagué al conductor y esperé a que Francis acabara de mear detrás de una cabina telefónica. Sacó unas llaves mientras me hablaba de Velázquez sin vocalizar. Yo le propuse acercarnos al Museo del Prado en un par de semanas, pero no respondió.

Se irguió a un palmo de la puerta, respiró hondo, acertó a meter la llave en la cerradura, giró su muñeca, cargó fuertemente con su hombro izquierdo y nos recibió un tremendo olor a disolvente. Me quedé clavado en la puerta buscando dónde poner mis pasos. Él no lo dudó, pasó por encima de lienzos (los crujidos de la madera sólo le indicaban que no había pisado firme). Las altísimas paredes estaban cubiertas de enormes pinturas oscuras, trozos de carne, personajes sentados.
No pude contar la cantidad de cuadros tirados por el suelo, en las paredes, no pude entender los lienzos arañados, destrozados, estropeados con pintura negra lanzada con rabia por encima de figuras en movimiento…

Abrió una botella de whiskey y se sirvió un vaso, derramándoselo sobre la mano, goteando en un cuadro naranja sobre el que estaba de pie, mirándome: Aquí no fumes. ¿Así que ahora trabajas para un museo en New York?

Francis Bacon se consolidó durante la década de los cincuenta y sesenta del Siglo XX como uno de los pintores más independientes y originales, abriendo una nueva vía al expresionismo y ejerciendo una potente influencia sobre las siguientes generaciones.

miércoles, 25 de noviembre de 2009

Perdió la cabeza

La luz de la mañana llamó a la ventana desperezándose entre la doble cortina de la habitación. Me tomó un minuto ponerme en contexto: Hotel Embassy, Austin, Texas. Salí de la cama cuadrada. Mis ojos hinchados palparon el suelo paseando los primeros pensamientos, aún oníricos, haciéndoles desaparecer con la exposición a la realidad. Avanzaron por la penumbra de la enorme habitación, huyendo de esquinas y escaleras. Hasta llegar a un objeto rectangular blanco junto a la puerta. Una carta.

Me acerqué a la ventana, corrí las cortinas y al minuto pude leer:

“16 de Agosto de 2001, Dear B.R.:

The Hospital staff told me about you, thank you for bringing my son here yesterday. I will pray to God for the grace of your blissed soul.Thank you, thank you, thank you, God bless you.

Sincerely, Bill Johnston.”

Mi cerebro pudo discernir entonces lo soñado de lo vivido. Apareció de súbito el suceso en mi memoria.

Había estado caminando por la ciudad, sin rumbo fijo, pretendiendo volver en unas dos horas al hotel. Junto a un Wal-Mart se había instalado la feria itinerante y acabé pisando su tierra seca y amarilla con mis zapatos italianos de seiscientos dólares.

Pasé bajo la noria, por los puestos de hot dogs, ante las atracciones más sórdidas y junto a la carpa del circo. Trataba de olvidar mis zapatos, ya totalmente mates y empolvados, pensando en otras cosas, pero volvía a bajar la mirada cada pocos segundos. Decidí limpiarlos, aunque fuera a seguir ensuciándolos hasta salir de allí. Busqué un baño.

Junto a la valla metálica que acotaba el recinto se erguía el único baño público. Una de esas cápsulas parecidas a una cabina telefónica. Azul y gris. Un hombre corpulento gesticulaba histriónicamente a un metro de la puerta. Apoyado en un lateral, un ciclomotor viejo parecía esperar más pacientemente.

Conforme me iba acercando, el hombre empezó a gritar y a agitar la cabina. Aún estaba a unos treinta metros cuando ví y oí las patadas y puñetazos que le daba al plástico rígido, que se quejaba con unos sonidos huecos, graves como rugidos. Gritaba, inclinando el pecho hacia delante y cerrando fuertemente los puños, acto seguido volvía a golpear la cabina haciéndola tambalear.

Cuando ya pude ver claramente su cara de perfil, con un tatuaje en el cuello, le ví arrancar la puerta y meter medio cuerpo dentro hasta sacar a un chaval desencajado y asustado, lo arrastró por el suelo y empezó a darle rodillazos y patadas. Los gritos seguían mientras la víctima se encogía estoicamente y miraba con la boca abierta, sangrante, rota.

Corrí hacia allí, berreé, agité mis brazos amenazadoramente. Era un salmón en las zarpas de un oso. Dejó de pegarle para increparme, no me tocó, pero en cuanto asistí al joven con pelo erizado le señaló con el dedo a un palmo de su cara y le amenazó de muerte. Entró al baño, tiró de la cadena y al salir tumbó la moto de una patada.

Me levanté y extendí mi brazo indicativamente hacia la salida, sin abrir la boca. Nos dejó a paso ligero, hablando entredientes, a la vez que llegaba gente a ver lo sucedido. Entre un viejo y yo llevamos al joven en taxi al hospital. Yo le cogía la mano temblorosa e hinchada por las contusiones, él me miraba atónito y cantaba una canción de Casper, el fantasma amigo. Con mi mano derecha saqué el pañuelo del bolsillo y empecé a limpiarme los zapatos.

Daniel Johnston vive desde entonces en Waller, Texas, bajo tratamiento psiquiátrico y ha conseguido vivir de sus canciones y dibujos. Ha sido influencia para la generación grunge y posteriores.


domingo, 20 de septiembre de 2009

El único trayecto

Vi nacer el siglo veinte entre Madrid y París. Mi cátedra en la Universidad Central de Madrid, hoy llamada Complutense, y mis negocios en la capital francesa me obligaban a tener un tercer trabajo: el tren. Me pasaba horas y horas en él, aprovechaba para preparar clases, estudiar o sencillamente dejarme sorprender por la vida y sus pasajeros.

Los acomodadores me conocían sobradamente, era como un hotel al que iba casi todos los meses. Tenía incluso mi camarote preferido donde siempre encontraba mi periódico y un kir fresco, así como un sobre con francos que me cambiaba el revisor por pesetas.

Puedo contar muchas anécdotas sucedidas en sus departamentos… Recuerdo un viaje que hice con mi compañero de Histología, don Santiago, a quien conocí algunos años antes. Había visitado París únicamente por trabajo y mi admiración por él sólo podía pagarse haciéndole de guía por la capital intelectual de Europa y sus cabarets.

- Es usted muy amable, B.R. –teníamos por costumbre hablarnos de usted, puesto que nuestra relación era estrictamente profesional–, ciertamente París debe resultar motivador, sobre todo si podemos ver el microscopio de su Universidad. ¿Usted cree que podremos toquitearlo?

Tras charlar una hora a la salida de Madrid, hurgó en su maletín para sacar varias revistas y publicaciones. Se sumergió en ellas con una profundidad sorprendente, algunas veces parecía contener la respiración y no la recuperaba hasta alcanzar de nuevo la superficie sin levantar la mirada del papel. Me lo imaginé saliendo del agua con estrellas de mar neurálgicas y algas filamentosas a dos manos.

Yo naugrafaba entre mis apuntes y la observación a mi invitado.

El trayecto era largo, así que nada mejor que estar familiarizado con el lugar; hacía falta conocer aquellos compartimentos donde no había corriente de aire por las ventanas, aquellos donde las lámparas de aceite no goteaban con el traqueteo, incluso aquellas zonas del restaurante que tenían mejor servicio de camareros. Oteé desde el pasillo a través del cristal de la puerta para ver si el vagón restaurante tenía libre mi mesa. Llamé a un camarero para que la preparara.

Un grupo de estudiantes de unos veintipocos años cruzó nuestro coche hacia allí bajando la voz a mi paso, pero sin dejar de sonar como una marabunta. Tuve que esquivar, haciendo un baile de hombros, a los muchachos. Mi compañero seguía abstraído en la lectura, con su maletín de piel marrón sobre las rodillas, apoyando sobre él unos documentos que leía incómodamente.

En una media hora avisé a don Santiago, hablamos ligeramente sobre la Sorbonne y su laboratorio y de ahí pasamos al comedor.

La comida transcurrió sin sobresaltos salvo por el grupo de cinco o seis estudiantes y su algarabía. Nuestra conversación era escasa, centrados en degustar los platos y observar la llegada de las montañas en los ventanucos.

Era cerca de la una del mediodía, hasta parecía que después de la comida el tren hubiera aminorado la marcha, hora de relajarse y tomarse un café.

Pedí el diario y me entretuve leyendo por encima del murmullo juvenil. Mi compañero no leía periódicos, extraño, pero así me lo dijo, introdujo la mano derecha en su chaqueta y del bolsillo interior sacó un TBO. Tuve que disimular mi cara de sorpresa y ya no pude volver a leer concentradamente el periódico.

Lo abrió, buscó una página, apoyó un codo en la mesa, la barbilla en sus nudillos y se puso las gafas. La misma concentración que con las revistas científicas, absoluta inmersión…

No había pasado ni un minuto cuando una especie de estertor salío por su boca. Levanté la vista por encima de mis gafas, luego la dirigí al grupo de estudiantes que también le miraban de reojo.

De repente una carcajada descomunal se abrió paso por su pecho, un escorzo exagerado le dobló el cuello y cerrando los ojos nos enseñó hasta los últimos molares. Lloraba de risa, ajeno a nuestras miradas se tapaba los ojos, se secaba las lágrimas y volvía a maullar de gozo.

Contagió a un par de los chicos que, tras superar la sorpresa, comenzaron a orientar sus sillas hacia él en busca de mayor diversión. Ya estaban todos mirándole y riéndose de él, salvo uno de ellos, el más mayor. Levantado en su delgadez, agarrado al respaldo de la silla de uno de sus compañeros, sonreía condescendientemente. Muy amablemente nos preguntó si no nos daba vergüenza estar leyendo el TBO a nuestra edad, acusándonos de no dar ejemplo de madurez a los jóvenes estudiantes.

Miré a don Santiago, quien ni siquiera se había percatado de que le estaban hablando, pedí disculpas al desgarbado increpador y le pedí que dejara seguir leyendo al premio Nobel de Medicina como le viniera en gana.

El Profesor Santiago Ramón y Cajal es el único premio Nobel español en Ciencias, hasta que más de cincuenta años después lo consiguiera Severo Ochoa bajo la nacionalidad estadounidense.


miércoles, 12 de agosto de 2009

La piraña de Montparnasse

París 1905. Desde mi apartamento en el primer cuadrante cruzaba el río hacia los tugurios más extraordinarios de la ciudad. Solía acercarme a Le Soleil, L’Auoille y, durante esta historia especialmente, a La Rotonde en el decimocuarto: Montparnasse.

Normalmente el Renault de la Marne me dejaba a los pies del parque, desde donde buscaba un buen rincón con humo, vino y música. Las prostitutas de la calle me paraban el paso, no solían ver a menudo sombreros como los míos, lo que les hacía soñar con una nueva vida, estable y sin preocupaciones. Pero yo seguía mi camino hasta los cabarets, donde se refugiaban las más jóvenes y bellas.

Una de esas noches, tras el procedimiento habitual, sucedió lo siguiente:

- Bienvenue B.R. -el portero me abrió la puerta invitándome a entrar en la Rotonde-. Vous êtes chez vous. La douze est libre ce soir.

Tras mi propina, hizo una señal muy sutil para que dos lindas señoritas me acompañaran a la doce y se sentaran conmigo, una sobre mis piernas. Subió al escenario una morena con pelo a lo garçon, esperando a que el pianista llegara al comienzo de la estrofa.

Me sirvieron una copa y tuve que pedirle a la que le hacía de silla que se levantara para poder beber cómodamente. Le colé un franco en el liguero para acelerar su decisión. Me disponía a darles conversación cuando los primeros versos de la canción “Qui qu'a vu Coco”, un nuevo clásico del que había oído todo tipo de adjetivos, salían en voz de la diminuta figura junto al piano.
Hacía coros hasta el más pintado del cabaret, me refiero especialmente al cuerpo de caballería francés, con sus ridículos uniformes y cascos. Yo permanecía en silencio, expectante, sorprendido, enamorándome. Su magnetismo erizaba mi vello como virutas de metal.

La canción acabó y la sala gritó al unísono co-co-co-co-co.

Entonces continuó con “ko ko ri ko”, el francés no es mi lengua nativa por ello me sonaba curioso ese canto del gallo. Las jóvenes miraron recelosas a la protagonista en escena, puesto que estaba interpretando dos canciones en una misma noche.

Debió verme la cara, porque vino de inmediato a cantar a un palmo de mi nariz, repeliendo a mis compañeras de mesa. La canción acabó con el jaleo del público y rápidamente apareció otra mujer sobre el escenario con un nuevo tema. La pequeña morena se sentó en la silla de mi izquierda, a cinco centímetros. Tendría unos veinte años y no era guapa, pero estar junto a ella te podía convertir en un mero satélite suyo. Mi orgullo y mi templanza me mantuvieron sereno.

No tenía el comportamiento habitual de una prostituta. Habló ella, me preguntó todo tipo de cosas, me sentí realmente interesante. Quedo en evidencia que, como todas, quería ligarme para pasar a mejor vida, literalmente. Pero pese a hacerlo descaradamente su estilo era único.

Conseguí sonsacarle escasa información, gracias a mi observación intuí que le interesaba la hechura de mi camisa; era costurera y se llamaba Gabrielle Chanel. Yo cada vez escondía más mis respuestas, lo que fue agotando su incisión. Pasé a mi turno de cuestiones “ligeras”.

En ese momento la conversación se rompió, tomó una postura agresiva y desagradable. Desde que se sentó conmigo hasta entonces no había apartado la vista de mi. Cesó el interrogatorio, oteó el resto de mesas, apuró mi copa, me robó un cigarrillo y se levantó. En diez segundos tenía a una pelirroja sentada en aquella misma silla, robándome otro cigarrillo y pidiéndo fuego con la mirada. Vuelta a empezar, pensé.

De reojo ví a Gabrielle en la mesa de un conocido, las mismas cartas y el mismo juego.

Gracias a uno de sus amantes, Coco Chanel consiguió abrir su primera tienda de sombreros en 1909.Cada nuevo amante tenía más dinero que el anterior y las inversiones en ella fueron creciendo, permitiéndole desarrollar su pasión. Revolucionó la moda femenina con patrones cómodos y elegantes.




jueves, 23 de julio de 2009

The Velvet Blues

En 1985 Los Angeles no era el paraíso, sencillamente estaba más cerca del cielo. Todo el mundo se había mudado al estado y las palmeras estrellaban la bandera americana. Ganar dinero desde mi piscina era una bendición.

Nukita golpeó el cristal blindado del piso superior y me señaló el teléfono mientras arqueaba las cejas y encogía el hocico. Desde mi hamaca amarilla no podía oírle, dejé los papeles que estaba estudiando en el césped y cogí el teléfono que tenía debajo de la sombrilla.

- How long since the last time, B.R. -esa voz me era familiar pero no acertaba si de padre o de madre–, I’d like to meet you this evening. Matt’s at six.

La curiosidad sólo me había quitado seis vidas y estaba dispuesto a seguir arriesgando. Al fin y al cabo el Matt’s estaba cerca de la playa a la que solía ir.

Llegué cinco minutos pronto. Al entrar vi a un viejo amigo, Angelo, sentado en la barra sorbiendo un batido. Me saludó sin quitarse el sombrero ni la sonrisa, disculpándose por la llamada. Había un asunto que yo podía solucionar. Su socio David tenía muchos problemas con una banda sonora. Nunca había estado tan preocupado ni hiriente con Angelo, aunque éste se lo tomara “alla meditarranea”.

En veinte minutos me puso al tanto: Bobby Vinton, Dennis Hopper y Roy Orbison. Ésos eran los tres problemas, y yo podía ayudarle en el último. Con Bobby habían conseguido regrabar la canción dos octavas y media más grave y Dennis era cuestión de días. Pero Roy no cedía los derechos de “In dreams” para la película. Roy era muy sensible y no estaba pasando una buena época. David no iba a continuar con la película sin esa canción.

Me puse a trabajar. Podíamos relanzar su carrera si la cinta era un éxito, pero Roy había leído el guión y le parecía violento y obsceno.

Le seguí por el sur, llegué a Europa tras él, pero seguía obteniendo un no, educado y rotundo, por respuesta. Angelo me llamaba a cada Hotel al que iba. Al año acepté que había fracasado. Añoraba mi sol californiano, a mi mujer y el éxito de mi trabajo.

1986. La película se estrenó usando la canción sin autorización. David respondería por ello, pese a los intentos de Angelo de disuadirle.

Me sentía mal con Roy. Había tratado de negociar algo que finalmente se hizo sin convencerle. Había jugado con los sentimientos y la voluntad de un amigo. Una traición.

Me extrañó que me cogiera el teléfono.

Un día más tarde pasó con su Ford a recogerme para ir a Malibu. Nada más subir Roy dijo, sin mirarme, que sabía para qué íbamos allí. Reconozco que me puse nervioso. Tenía ese carácter afable y cercano que te impedía fallarle, imponía más que los carácteres agresivos. Cambié de tema. Elvis, Patsy, Triumph… La palabra “traición” se asomaba a mi garganta cada pocos segundos, como si necesitara soltarla y dejarla libre. Tragaba saliva y seguía con sus clásicos: Hank, Neil… Pero él no caía en mis juegos infantiles por mucho tiempo.

Le indiqué el camino hasta parar en la puerta de un cine en el bulevar. Un cartel anunciaba Blue Velvet de David Lynch. Roy bajó del coche antes que yo y me sonrió. ¿A qué esperas?, Si hay que hacerlo, hagámoslo ya.

Roy Orbison quedó impresionado por la nueva lectura de “In Dreams” y grabó un vídeo dirigido por David Lynch para los extras de la película. Fue el comienzo de su recuperación, seguido de Pretty Woman y los Traveling Wilburys.

sábado, 13 de junio de 2009

El genial mediocre francés

No recuerdo si fue en 1954 o si habíamos pisado ya 1955. Pasé varios años de confusión en todos los sentidos, menos en el del humor.

Paris de noche era igual de sucia que ahora, pero en ese momento éramos nosotros quienes tirábamos nuestras vidas al suelo. Trabajaba hasta el anochecer y para airearme salía a escuchar chanssoniers a los cabarets de la Rive Gauche.

Boris Vian me introducía a bellísimas francesas y me desviaba Bourbon desde su cuenta como músico. A mí y a bellísimas francesas.

Una de tantas noches le presenté a mi vecino, Lucien, pintor mediocremente impresionista, escritor agresivo, profesor ignorante y cantante aficionado. Una displicente personalidad. Como él, todo el mundo admiraba a Boris.

- B.R., il faut que tu demandes à ton ami Boris qu'il vienne demain à Milord L'Arsouille -Lucien me dijo con forzada condescendencia-. J'y interpréterai de nouvelles chansons et il se peut qu'elles lui plaisent.

Así fue. Allí estábamos ese mañana sin sol.

La poca luz de este relato o de los locales en los que lo recuerdo le convertía en un atractivo cantante. Sus manos eran enormes, color malta. Las mujeres solían encontrarlo irresistible, algo que nunca entendí, acostumbrado a verlo a pleno día. Ojos y orejas sobresalientes, quince kilos por debajo de su peso y una nariz galísima.

A Boris le hizo gracia que el chico con nombre de peluquero se tomara tan en serio aquellas presuntuosas canciones.

Repetimos muchas noches más. Cuando Lucien fue fijo en las sesiones de los jueves consiguió hablar con Boris sin la distancia de la idolatría. Yo conseguía bourbon y bellísimas francesas de dos fuentes distintas.

Casi un año después, Boris y mi amiga Michèle acompañaron a Lucien en el escenario. Un jazz torcido e irónico desanudaba las vetas de las mesas y levantaba los pequeños vasos hacia muchas bocas abiertas.

Yo fui una de las dos únicas personas que pudieron soltar una palabra; unos ojos color hueso de melocotón que ya conocía me abrazaron por completo1. Hablamos de nuestro encuentro en New York, de Lisboa, y de tantas cosas que merecerían un relato propio. Pero eso no va a suceder porque sería contar mi historia.

Tras dos horas de concierto, interrumpí mi conversación y subí a felicitarle. Nos dimos las manos, pero no las miradas, la de Lucien paseaba por encima de mi americana hasta las dos chicas que inclinaban su cabeza al hablar con Boris.

Le gasté una broma cómplice, sonreí y me interpuse en su ángulo de visión. Lucien fijó sus ojos brillantes en los míos. Me agarró los hombros con sus garras sin apenas esfuerzo, pese a que yo le sacaba más de una cabeza de altura. Respiró. Soltó una mano, la izquierda, la que estrangulaba un gitanes. Caló y dejó salir el humo lentamente mientras sus labios moldeaban tres terribles palabras. Llámame Serge Gainsbourg.

Serge Gainsbourg es, desde 1957, el intérprete y compositor francés más importante, con una prolífica carrera de discos de éxito, mujeres y escándalos.

1 Ver “Arlequines y perros”


Divorcio Gay

Durante la gran guerra, la que hice en Yale, tocaba el piano junto a varios compañeros. Nuestras vidas discurrían ajenas a todo aquello que no fuera animar a nuestro equipo, salir a beber al río o aguantar las clases del Profesor Sanders.

Ahora lo veo estúpido, pero en 1913 componer himnos para el equipo de football era más de lo que la inmensa mayoría de chavales ni siquiera soñaban.

Un día cualquiera, una cabeza pequeña de pelo negro y brillante saltaba y se balanceaba detrás del piano, de un lado a otro. Quien es, Paul, cuál es su apellido, ¿qué le hace tocar así?.

En un instante, una treintena de hijos de abogados y banqueros saltaron y gritaron a coro la canción. Paul me cogió la mano y…, ya estaba al otro lado del piano. Sin soltarme me señaló; el pequeño pianista miraba en la dirección de su dedo.

- Gee, B.R., I bet –Los coros seguían y el piano había dejado de sonar. La cabeza brillante tenía ojos redondos y un cuerpo muy pequeño–, heard from ya, swear I did. Lovely to meet ya, It’s Cole right here.

Sabía mi nombre, y se había presentado con la mayor armonía que jamás escuché.

Nos hicimos inseparables, pero nunca tocamos juntos. Al acabar ese curso su abuelo insistió tanto en que estudiara leyes que estuvo un par de años en Harvard. Hasta que se dio cuenta de que esa letra no casaba con su música y cambió a Artes, que también abandonó.

Cursaba mi segundo año de ingeniería en París cuando me enteré que presentaba su primer musical en Broadway. Nos carteábamos casi todas las semanas, las noticias solían llegar por su parte, me mandaba partituras de hilarantes composiciones y me hablaba de atléticos y esbeltos estudiantes. Yo le aburría con silogismos booleanos y con revistas dadaístas que él tomaba a risa.

Era 1916 y no asistí al estreno porque no pude pagarme el barco. Fue un desastre. La crítica lo arrastró por el suelo, le colgó de un mástil, le roció alquitrán y le cubrió con plumas. No todo fue negativo; le llevó a mudarse a Francia.

Ahí llegó lo bueno. Contábamos que estaba alistado a la Legión Extranjera de Francia, cuando en realidad nos pasábamos las noches en originales fiestas con Coco Chanel y Arthur Rubinstein. Pero duró lo que tuvo que durar, y llegó el día en que sólo nos veíamos fuera del ambiente homosexual o con su futura mujer, la rica Linda Lee.

Ahí estaba el antídoto al fracaso, se reforzó, vivió, fue él mismo y se formó tocando y componiendo para exigentes audiencias.

Ya estaba listo. Volvió a los Estados Unidos en 1919.

Cole Porter ha sido el más destacado, prolífico y elegante compositor de musicales para Broadway hasta su muerte a mediados de los años sesenta.


sábado, 28 de marzo de 2009

La muerte de la Libertad: Mayo del 68

Nueva York, Domingo 1 de Octubre de 1967. Los domingos tenía cita con una jovencita de 61 años para jugar al ajedrez, Teeny Duchamp. En esta ocasión le bastó media hora para limpiar mis escaques y dejarme en jaque mate.

- Sorry B.R., too much on my mind to enjoy it now –sonrió preocupadamente–, tomorrow is Marcel’s birthday and I am not confident he will take it easy-.

Percibí la tensión de Teeny y decidí coger mi sombrero para marcharme, pero Marcel apareció por la puerta y agarró mi brazo solemnemente. Había escuchado el comentario de su mujer y se lo quería poner fácil. Sacó el ajedrez diseñado por él, colgó mi sombrero en el perchero, quitó un caballo negro y dispuso las blancas para mí.

Esa habitación podría haber estado en Nueva York, Tokyo o El Cairo. Podría haber sido en 1967, 1941 o 1984. Nada más existía. Sólo libros en las estanterías, una mesa de madera blanca, dos sillas y un sillón azul. A orillas de la alfombra de pelo largo se amontonaban objetos diversos, también blancos. Y una escalera que, según recuerdo, bajaba al resto del mundo.

La televisión apagada no mostraba ningún incidente en San Francisco ni nada del Central Park Be-in, ni noticias de Vietnam, mucho menos publicidad.

Jugamos hasta entrada la noche. Reconozco que impone jugar con un maestro de ajedrez, al igual que ser durante unas horas la tercera parte de un matrimonio. Teeny permanecía de pie, satisfecha de ver cómo Marcel se esforzaba por normalizar la situación.

Jaque Mate.

Un Yellow Cab me dejó en mi Hotel. Tenía las piernas entumecidas y una curiosa mezcla de olores; perfume de mi amiga en los cuellos de la gabardina y aroma de Marcel en las manos.
Apenas hube salido de la puerta giratoria vi al recepcionista buscándome con la mirada. Fui hacia él, algo quería. Señor B.R. tiene usted un mensaje, le han llamado para invitarle mañana a la fiesta de Marcel Duchamp.

Miré el reloj y ya era mañana. Tomé una copa de cognac en la barra antes de retirarme.

A mediodía otro Yellow Cab, pasé Lexington Avenue asumiendo mi error en el segundo Jaque. Mis ideas, desordenadas, repetitivas y sensiblemente alcoholizadas, querían imantarse sobre los cuadros blancos y negros del capó delantero. Pero nunca llegaban a hacerlo bien, así que volvían a bailar.

Era lunes y se notaba por la cantidad de gente que me atropelló nada más bajar del coche.

Fue una fiesta íntima, tan íntima que sólo vino Man Ray. Estábamos un piso por debajo de aquella habitación blanca que aún debía oler a humo de Gitanes, humo blanco que pintó la noche a través de la ventana.

Teeny apagó las luces, cerró las cortinas y corrió a la cocina, acto seguido, y de forma totalmente parsimónica, nos presentó su pastel de cumpleaños. Cantaba, horriblemente desfigurada por las luces y sombras provocadas por las velas.

Tras cortar un primer trozo, Marcel metió la mano por debajo de la bandeja como si fuera la pala de un panadero y sostuvo entre sus piernas el pastel.

Man Ray me extendió su copa de vino para que la aguantara y disparó.

Un año después Marcel Duchamp recibió la foto en su casa de Neuilly-sur-Seine. Esa misma noche murió.


sábado, 24 de enero de 2009

Yo soy Jesucristo

París, mil novecientos setenta y pocos, éramos cuatro en el departamento de Marketing de la compañía de agua mineral Evian. Mi promoción había sido rápida y limpia, dirigía el departamento con total libertad creativa y con la confianza de los jefazos.

El presidente de la compañía, Jean-Luc, entró de golpe en mi despacho sin apenas girar el pomo de la puerta:

- Tu as neuf semaines pour préparer la campagne, B.R., nous avons le meilleur budget jamais vu, profites-en -Me señaló con el dedo-. Cherche quelqu'un, choisis le meilleur, paie-le bien.

Estaba acostumbrado a este tipo de mensajes de presión, pero era la primera vez que tenía que levantarme a recoger el marco de la puerta del suelo.

Necesitaba cuadrar las variables de la ecuación, la primera era que comprar agua debía ser una experiencia extraordinaria para algo tan cotidiano, la segunda que nuestra publicidad requería un personaje popular.

La primera persona que vino a mi mente fue Alain Delon. La segunda Chaplin. La cantidad de francos de mi presupuesto era tan motivante como para crear ansiedad. A la tercera di con el perfecto prescriptor: Don Luis Buñuel.

En una semana tenía al equipo de aquí para allá, pero me guardé para mí el plato fuerte. Empezaba la cuenta atrás. Su secretaria me concertó una reunión a las 13h.

Su oficina estaba a pocas manzanas de la mía, así que anduve unos veinte minutos entre cientos de personas que no iban a conocer en su vida a Buñuel. Era otra situación cotidiana para mí.
Al llegar alisé mi traje con la palma de la mano, comprobé la hora en mi Girard Perregaux y… Buñuel salió del ascensor sin siquiera llegar a abrir totalmente las puertas gemelas, haciendo temblar el marco de acero forjado… Mi reloj iba bien.

Creo que le dije algo, un espere o un disculpe, pero solo quedaba delante de mí el portero, medio girado, mirándome por encima de sus gafas rojas.

La tarde fue para otros menesteres: Contratos con televisión, equipo gráfico…

Nuestras secretarias volvieron a hablar, a las 15h en mi oficina, ahora tenía yo que hacerme respetar. Tampoco apareció. Jamás pensé que el tópico de los españoles fuera tan cierto; informales, impuntuales y, además, soberbios.

A este nivel las horas son segundos y cada franco de la cuenta de publicidad una piedra de mi lapidación. Un rodaje podía durar tres semanas y previamente había que escribir el guión, hacer el casting, encontar la localización y cincuenta cosas más que no quería ni recordar.

Llevaba una semana y aún no había hablado con Luis Buñuel. Encargué a mi equipo que fuera buscando a Monsieur Delon.

Pero no quería darlo todo por perdido y volví a la oficina de Buñuel sin cita previa. Había preparado un cheque a su nombre, lo llevaba en el bolsillo de mi americana, junto con un par de cigarros habanos y estaba dispuesto a entrar aunque tirara abajo el marco de su puerta. Llevaba cerca del corazón una cantidad de ceros como para fumarme aquellos puros en la misma isla de Cuba, y no volver en diez años.

Entré sin llamar, pasé por delante de su secretaria y abrí la puerta de lo que debía de ser su despacho. Ahí estaba él, Don Luis Buñuel, leyendo unos papeles naranjas con un largo cigarro en la mano y una ascua durmiendo en el cenicero.

Disparé varios segundos, el proyecto, la compañía, el plazo, él mientras me miraba con esos ojos desviados y redondos. Se levantó violentamente, extendí mi mano izquierda hacia él a la vez que saqué el cheque con la derecha y lo puse a la altura de su mano. Lo miró hasta de canto, se lo guardó en el bolsillo y entonces sentí una victoria inenarrable, homérica, una sensación de plenitud profesional.

Por primera vez, habló, y lo único que dijo fue: “Bien, se me ocurre lo siguiente: Yo soy Jesucristo y estoy en la cruz; digo que me estoy muriendo de sed y entonces me alcanzáis una de vuestras botellitas, yo la pruebo y digo: 'Puaj, qué mala'. ¿Te parece bien?”

Luis Buñuel murió en 1983 sin grabar nunca un anuncio de agua mineral Evian.

domingo, 23 de noviembre de 2008

Me enamoré de la Dama

Siendo muy joven, en 1930, me instalé en Viena. Allí conocí a Elías Canetti, el errante y vital búlgaro que me enseñó alemán para que pudiera leer su reciente relato: Auto de fe.

Su protagonista, Fischerle, se convirtió en mi indolente profesor. Era un personaje íntegro, vehemente y ambicioso, su vida era el ajedrez y su objetivo ser el campeón mundial.

Tras varias lecturas y muchos vinos calientes, Elías y yo pasábamos al sefardí, para relajar el aprendizaje:

- Esta es muestra presyoza lengua, B.R, salud i fuersa –me decía mientras abanicaba con la mano el humo de mi pipa.

Pasamos muchos años juntos y nos llevamos a Fischerle (llámenme Fischer, decía en un capítulo) y todos los papeles a Londres antes de la gran guerra, Elías era judío y Viena un lugar poco seguro.

En treinta años el verbo de Elías había madurado y caía como una fruta lejos del árbol de sus influencias. Quizás yo también había aprendido a leer mejor con la edad, no obstante; Fischerle envejecía bien y se mantenía como un amigo más. El amigo alemán.

Fue por entonces que casi mato a Elías de un sobresalto. Le había invitado a comer cerca de Hyde Park y ojeaba un periódico en la sobremesa. Me levanté de golpe, abrí el enorme periódico y casi le rompo las gafas de tanto que se lo acerqué: BOBBY FISCHER, 14 AÑOS, CAMPEÓN DE AJEDREZ DE ESTADOS UNIDOS.

Nos peleamos como gatos por agarrar el periódico y disponerlo para leer el artículo. ¡Nuestro Fischer se había convertido en realidad naciendo ocho años después de su creación!

Cogí un vuelo a San Francisco, Elías tenía un ciclo de conferencias y no pudo viajar. A los tres días ya tenía localizado al joven y real Fischer.

Era una partida simultánea, cuarenta oponentes sentados y Bobby Fischer de mesa en mesa. Era espigado, concentrado en su expresión, y una mirada que no invitaba a conversar. Me acerqué a una de las primeras mesas, eran dos jugadores que casi le doblaban la edad. Cogí posición y esperé cada turno para verle de cerca, ciertamente se parecía al Fischer que me enseñó alemán.

Los jugadores de mi mesa perdieron la dama, Fischer la capturó con el alfil y rápidamente pasó a la mesa contigua. Para mi sorpresa los jóvenes volvieron a poner la pieza en juego como si nada hubiera pasado y rieron entre ellos. En el siguiente turno, Fischer analizó y movió un peón. Una vez pasó a otra mesa, los amigos se vanagloriaban de haber engañado al genio. Me sentí ofendido, molesto, pero no pude reaccionar. Apenas respiraba como para pronunciar una sola palabra.

Siete turnos más tarde, Fischer volvía a la mesa en la que me encontraba. Sólo quedaban, de las cuarenta, seis mesas. La gente se arremolinaba sobre las dos cabezas de los farsantes, aunque pocos sabíamos qué había pasado. Paró, pensó cuatro segundos, capturó de nuevo la dama, se la metió en el bolsillo y pasó de largo.


Bobby Fischer fue el campeón mundial más joven de la historia, era 1972. Se le recuerda como el mejor ajedrecista de todos los tiempos.



domingo, 28 de septiembre de 2008

Arlequines y perros

El rugido del barco saludando a Nueva York me despertó. Me había pasado el trayecto escribiendo en mi camarote y sólo vi a Greta al bajar la escalinata, ajena a las gaviotas que nos recibían.

Detuvo el paso en el dock, apoyó su maleta de piel y extendió su brazo con una sombrerera azul celeste hacia su compañera, el hombre de gris que les acompañaba le dijo justo cuando yo iba a saludarle:

- Reservaré una mesa el miércoles en el Regal’s
- How do I know I'll be hungry on Wednesday? –Esa simpatía sueca era marca de la casa, tras esto, percibió mi presencia y se dirigió a mi– B.R., Do you bring me an “harlequin and dog” picture?

Greta Garbo coleccionaba cuadros de arlequines y perros. Yo le había regalado un par un año antes, así que aprecié un tono cómplice en su pregunta. Sin más, se me embracetó y tiró de mí dejando atrás al caballero. Su amiga nos siguió cargada con la sombrerera azul celeste.

Una vez entramos en la cafetería se soltó bruscamente y siguió andando hasta una mesa lejos de la barra. Desde allí, sin quitarse las gafas de sol y mirando dentro de su bolso, me presentó a Nukita. Estreché su mano y ella me saludó con sus ojos color hueso de melocotón. Ella no sabía que iba a ser mi mujer por el resto de nuestros días. Pero esa es mi historia y no la contaré aquí.

Me dio una tarjeta de un agente de la Metro en NY. Nunca daba su teléfono a nadie. Pude volver a verla un viernes, en la cafetería de un hotel en Lexington Avenue. Su estado era lamentable, su mortaja era un precioso vestido morado de raso y calzada en oro. Con su suave acento empezó disparando sus silencios.

No me sentía incómodo con ella. Si algo nos unía especialmente era el placer de no escuchar ni una palabra que no fuera más importante que permanecer callados. En esos momentos veía que Greta no actuaba ante las cámaras, era así.

Nuestro diálogo era como unas líneas escritas por Shakespeare, no había rellenos, ni cumplidos, no había más que el significado de las palabras.

Me contó lo hastiada que estaba, las ganas de volver a alguna parte donde aún no había estado y desaparecer. Se sentía como veinte años antes, en la joven Suecia, cargando a su padre borracho y muerto hasta la casa, hasta la cama. Sólo me hizo una pregunta, relativa a su amiga, y le sirvió para cerrar nuestro diálogo, sin epitafio, e irse.

Ella vivía a caballo entre Los Ángeles y Nueva York, donde recientemente había traído a su familia, y parecía que el anonimato que le daba la gran ciudad le alejaba de rumores y periodistas.

Le alejaba de rumores y periodistas. Y se alejaba de la vida social, se marchaba para siempre, tal y como había empezado, muda. De morado y oro.

Greta, Greta talks, Greta Laughs, Greta is gone.

Greta Garbo se retiró a los 36 años en NY, en el momento en que el cine se renovaba con Ciudadano Kane.

sábado, 6 de septiembre de 2008

Leo

Leo y yo leíamos comics en la parte trasera de una sinagoga. En Westmount, Montreal, había poco más que hacer para dos críos de 8 años.

Nathan, su padre, era un sastre prestigioso. Los pantalones que confeccionaba para Leo eran objeto de mi envidia. Un día, sentados con la espalda contra el mismo sauce, Nathan se acercó a nosotros:

- Leo, my son, please take care of the mud –y me miró a los ojos para continuar-. B.R., Why don’t you come home with Leo and you read in our garden?

Así que fuimos al jardín sin rechistar, yo con Superman y Leo con el Capitán Marvel. La estrecha acera del barrio adinerado no nos permitía leer mientras caminábamos, Nathan iba delante de nosotros como si supiera que a esa edad ya apreciábamos el excelente corte de su traje azul.

Yo no era el mejor amigo de Leo, era su vecino. En el colegio no nos sentábamos juntos pero volvíamos corriendo por el bulevar, de la mano, profiriendo gritos de guerra justicieros y dando brincos.

Así pasó el año y llegaron las vacaciones. Leo me contó que su padre estaba enfermo. Ese verano leí la mitad de comics.

A la vuelta del curso, descubrí que la madre de Leo, a quien yo no conocía, le iba a recoger a diario. Seguí leyendo menos comics, cada vez menos. No podía concentrarme, y James, mi nuevo amigo, se interesaba más por el baloncesto que por la lectura.

Desde el porche de mi casa, sentado con mi madre tomando la lección, veía el jardín donde tantas tardes había estado leyendo con Leo. El césped parecía dorado y los setos no conseguían su propósito de hacer que lo olvidara. Mi padre salió de la casa, y nos anunció que Nathan había muerto.

Yo no sabía bien que significaba eso. Pero entendí la mirada que mi madre dirigió a la casa de al lado. Me vistieron de domingo y, con un seco pesar, me llevaron de la mano a la puerta de Leo.

Su casa estaba llena de judíos, de mujeres, de jóvenes y de viejos. Leo estaba sentado de lado en una silla, sus pies ya llegaban al suelo, suelo que parecía estar quieto como un perro atemorizado por aquella mirada. Mis padres se pusieron en una fila que ocupaba todo el largo de la recepción, al principio de la cola estaba la madre de Leo, junto a la silla que asentaba el suelo.

Cuando llegaron al final abrazaron a la mujer y le dijeron algo al oído. Yo estaba a la altura de Leo, le puse la mano en la rodilla ocultando en mi palma un cromo de superhéroes que había guardado para él. Aguanté tiempo suficiente para que atendiera el gesto, pero al quitar la mano, el cromo quedó ahí abandonado.

Al salir de la casa, me giré, el cromo rojo y amarillo destacaba sobre todos los trajes negros a medida y el brillo de las lágrimas.

Una semana después, a la salida del colegio, vi a Leo caminar solo hacia Westmount. Me esforcé para alcanzarle y al verme se hurgó el bolsillo, sacó el cromo, y me sonrió. O eso creí. Ni corrimos ni brincamos, si acaso hablamos, aunque no lo recuerdo bien.

Esa misma noche, antes de irme a dormir, vi a Leo en su jardín. Estaba sentado en el banco del porche, tal cual estaba yo en la casa de al lado, como si me reflejara en un espejo. Escribió durante una hora sin notar mi presencia. Entró en la casa. Me iba a la cama, pero volví a verlo salir con una corbata de su padre y una tijera. Esperé.

Con la tijera cavó un agujero en la tierra y cortó un trozo de la corbata. Dio un beso a la carta que había escrito y a la corbata y llenó el agujero con ello y con la tierra suelta que había desenterrado.

Me fui a dormir.

11 años después Leonard Cohen publicó su primer libro, 22 años después su primer disco.

domingo, 24 de agosto de 2008

Smoke on the water

Allí estaba yo, B.R., de vacaciones en Montreaux. Corría 1971 como la brisa tras la llegada de un metro a su parada. En mi hotel se alojaba gente con recursos, entre ellos un grupo de músicos.

El primer día coincidí con uno de ellos, el más descansado y abierto. Ambos pedimos lo mismo en el bar. Un Kir seco, por favor. No muy habitual para dos turistas en Suiza. Roger tenía acento británico y su melena estaba recién lavada.

- Isn’t it really funny? - Me dijo
- Si, desde luego, pero tu tampoco eres francés –Respondí
- Nooo, I came from London, not the Swinging London, just London –Y rió con el timbre con el que se ríe uno en un Hotel.

Cuando en la barra solo quedaba un camarero, y el Cassis para el Kir se había acabado, llegaron dos ingleses más. Se saludaron y pidieron una Stella cada uno. No me presentó pero hablamos abiertamente. No sabía que al día siguiente tocaba Frank Zappa en el Casino sobre el lago y acepté su invitación, era el mismo lugar donde ellos iban a grabar.

Dormí fatal.

No volví a verlos hasta las 16 horas, otra vez en el bar. Pese a la resaca que yo tenía, parecían estar como recién estrenados y desprendidos de su envoltorio. Me invitaron a ir en su autobús al Casino.

Una vez finalizara el concierto llevarían allí sus cosas y grabarían por unas tres semanas. En cuanto mi nerviosismo apareció estábamos ya sentados con una Stella Artois por cabeza y expectantes.

Se apagaron los focos y empezó a sonar un estruendo terrible, a los diez segundos Zappa y los Mothers estaban hilando Peaches in Regalia en clave de Jazz. Los reflejos en el agua bailaban cogidos de la mano, sobre un fondo mucho más oscuro que el techo.

Ciertamente Frank estaba muy motivado, durante una hora y media nos mantuvo al filo.

En la fila siguiente a la nuestra dos italianos no paraban de vociferar y uno de ellos me ofreció su cerveza cuando me giré a reprobarles. Mi ademán les invitaba a escuchar.

Poco después les vi salir de su fila con una bengala en la mano y un zippo en la otra. No fui consciente del peligro que podía suponer, les hubiera detenido.

En menos de un minuto la bengala encendida rebotó contra una estructura y prendió unas cortinas cerca del balcón superior, los músicos seguían tocando, creyendo que la situación no era tan grave. Frank Zappa paró la banda cuando las llamas aparecieron y la gente del gallinero asaltaba el escenario para ponerse a salvo.

Entre cientos de personas corriendo en torno suyo, y agarrando su guitarra como una lanza, indicó por el micro dónde estaban las salidas de emergencia, intentando calmar a los tres mil entrados en pánico.

Nosotros estábamos de pie en los asientos, la gente huía por delante de nosotros. El fuego ya cubría una tercera parte del Casino.

El humo de los jirones en llamas que caían al lago cubrió todo el escenario y corrimos sin saber dónde. Y sin saber cómo aparecimos en el parque exterior del Casino, junto a cientos de personas tiesas como espantapájaros mirando las llamas saludar por el balcón de la fachada.

Deep Purple registró Smoke on the Water a los pocos días, tras buscar un nuevo sitio donde grabar su disco.

Roma estaba llena de japoneses

Cerca de mi apartamento podía comprar delicias orientales y allí conocí a Yukio. El tendero me lo presentó tras varias coincidencias. Él venía cada tres meses, siempre al mismo Hotel, por un par de semanas. Desde entonces salíamos a comer juntos y callejear cerca del Duomo.

- B.R. –Me dijo con su mal acento– I believe I am going to miss you.

Ese día cenamos juntos en una terraza y su conversación seguía labrada con la misma azada melancólica, más incluso que de costumbre. De hecho ni siquiera iba tan elegante como siempre.

Fue la primera vez que me habló de su abuela-madre Natsu y de su verdadero Japón, no del que cualquiera podía visitar. Su angustia vital era enorme aunque escogiera las mejores palabras y las perfumara con un rocío patriota, como si no aceptara la reciente derrota de la gran guerra.

Nunca olvidaré esa noche, en la puerta giratoria de su Hotel me dio un beso y un paquete envuelto en la librería Il Leuto. Era su primer libro traducido al italiano.

La correspondencia que manteníamos no era fluida, pero sí sincera y detallada. A veces me daba la impresión que quería algo conmigo. Sabía que una de las razones de viajar a Europa era “vivir” su homosexualidad, pero él no sabía si yo entendía o no.

Hablaba de la belleza como si fuera un amante, su caligrafía y su prosa eran caricias en una tarde de otoño, pero su tendencia a la heroicidad le impedía consumar ese amor libremente.

Ese invierno no vino ni una vez. A partir de ahí supe más de él por la prensa y por las traducciones de sus libros que por sus cartas, una al año…

…He decidido luchar por tener un cuerpo bello y fuerte para servir al emperador…
…La decadencia de mi país, su muerte, no hace más que impedirme ser yo mismo…
…Mi ejército ya cuenta con noventa fieles…

Hasta 1966 que leí que podían darle el Nobel. Viajé a Japón para descubrir el cambio en mi viejo amigo, quien tras años de admirar su propio suicidio había llegado a los 41 con un reputado nombre en la literatura.

Se vistió como si fuera a recibir el galardón, salió a la calle y esperó.

Yo me quedé en su estancia, asomado al balcón, esperando la llamada y viéndole sonreir mirando sus pies dar largos pasos. Su sombra parecía un péndulo bajo la luz de los faroles.

Al año siguiente repetí el viaje, por el mismo motivo y con el mismo final. Decidí quedarme unos meses más, en los cuales su oscuridad se cerraba en torno a su ejercicio, físico y literario, y su faceta de líder social por la renovación de Japón.

Fue increíble y fatal la tercera nominación sin recompensa. Directamente cogimos un avión a Roma y estuvo encerrado 12 días en su habitación. Kawabata, su primer mentor, declaró en televisión que Yukio merecía el Nobel más que él.

Tras entregar el premio a otro japonés entendió que pasarían muchos años hasta volver a poder ser premiado. Volvió a la isla y no volvió a escribirme ni visitarme más.

Yukio Mishima se suicidó en 1970 en una ceremonia pública, tras el Hara-kiri le decapitaron en tres intentos.