Paris de noche era igual de sucia que ahora, pero en ese momento éramos nosotros quienes tirábamos nuestras vidas al suelo. Trabajaba hasta el anochecer y para airearme salía a escuchar chanssoniers a los cabarets de la Rive Gauche.
Boris Vian me introducía a bellísimas francesas y me desviaba Bourbon desde su cuenta como músico. A mí y a bellísimas francesas.
Una de tantas noches le presenté a mi vecino, Lucien, pintor mediocremente impresionista, escritor agresivo, profesor ignorante y cantante aficionado. Una displicente personalidad. Como él, todo el mundo admiraba a Boris.
- B.R., il faut que tu demandes à ton ami Boris qu'il vienne demain à Milord L'Arsouille -Lucien me dijo con forzada condescendencia-. J'y interpréterai de nouvelles chansons et il se peut qu'elles lui plaisent.
Así fue. Allí estábamos ese mañana sin sol.
La poca luz de este relato o de los locales en los que lo recuerdo le convertía en un atractivo cantante. Sus manos eran enormes, color malta. Las mujeres solían encontrarlo irresistible, algo que nunca entendí, acostumbrado a verlo a pleno día. Ojos y orejas sobresalientes, quince kilos por debajo de su peso y una nariz galísima.
A Boris le hizo gracia que el chico con nombre de peluquero se tomara tan en serio aquellas presuntuosas canciones.
Repetimos muchas noches más. Cuando Lucien fue fijo en las sesiones de los jueves consiguió hablar con Boris sin la distancia de la idolatría. Yo conseguía bourbon y bellísimas francesas de dos fuentes distintas.
Casi un año después, Boris y mi amiga Michèle acompañaron a Lucien en el escenario. Un jazz torcido e irónico desanudaba las vetas de las mesas y levantaba los pequeños vasos hacia muchas bocas abiertas.
Yo fui una de las dos únicas personas que pudieron soltar una palabra; unos ojos color hueso de melocotón que ya conocía me abrazaron por completo1. Hablamos de nuestro encuentro en New York, de Lisboa, y de tantas cosas que merecerían un relato propio. Pero eso no va a suceder porque sería contar mi historia.
Tras dos horas de concierto, interrumpí mi conversación y subí a felicitarle. Nos dimos las manos, pero no las miradas, la de Lucien paseaba por encima de mi americana hasta las dos chicas que inclinaban su cabeza al hablar con Boris.
Le gasté una broma cómplice, sonreí y me interpuse en su ángulo de visión. Lucien fijó sus ojos brillantes en los míos. Me agarró los hombros con sus garras sin apenas esfuerzo, pese a que yo le sacaba más de una cabeza de altura. Respiró. Soltó una mano, la izquierda, la que estrangulaba un gitanes. Caló y dejó salir el humo lentamente mientras sus labios moldeaban tres terribles palabras. Llámame Serge Gainsbourg.
Serge Gainsbourg es, desde 1957, el intérprete y compositor francés más importante, con una prolífica carrera de discos de éxito, mujeres y escándalos.
1 Ver “Arlequines y perros”
