sábado, 13 de junio de 2009

El genial mediocre francés

No recuerdo si fue en 1954 o si habíamos pisado ya 1955. Pasé varios años de confusión en todos los sentidos, menos en el del humor.

Paris de noche era igual de sucia que ahora, pero en ese momento éramos nosotros quienes tirábamos nuestras vidas al suelo. Trabajaba hasta el anochecer y para airearme salía a escuchar chanssoniers a los cabarets de la Rive Gauche.

Boris Vian me introducía a bellísimas francesas y me desviaba Bourbon desde su cuenta como músico. A mí y a bellísimas francesas.

Una de tantas noches le presenté a mi vecino, Lucien, pintor mediocremente impresionista, escritor agresivo, profesor ignorante y cantante aficionado. Una displicente personalidad. Como él, todo el mundo admiraba a Boris.

- B.R., il faut que tu demandes à ton ami Boris qu'il vienne demain à Milord L'Arsouille -Lucien me dijo con forzada condescendencia-. J'y interpréterai de nouvelles chansons et il se peut qu'elles lui plaisent.

Así fue. Allí estábamos ese mañana sin sol.

La poca luz de este relato o de los locales en los que lo recuerdo le convertía en un atractivo cantante. Sus manos eran enormes, color malta. Las mujeres solían encontrarlo irresistible, algo que nunca entendí, acostumbrado a verlo a pleno día. Ojos y orejas sobresalientes, quince kilos por debajo de su peso y una nariz galísima.

A Boris le hizo gracia que el chico con nombre de peluquero se tomara tan en serio aquellas presuntuosas canciones.

Repetimos muchas noches más. Cuando Lucien fue fijo en las sesiones de los jueves consiguió hablar con Boris sin la distancia de la idolatría. Yo conseguía bourbon y bellísimas francesas de dos fuentes distintas.

Casi un año después, Boris y mi amiga Michèle acompañaron a Lucien en el escenario. Un jazz torcido e irónico desanudaba las vetas de las mesas y levantaba los pequeños vasos hacia muchas bocas abiertas.

Yo fui una de las dos únicas personas que pudieron soltar una palabra; unos ojos color hueso de melocotón que ya conocía me abrazaron por completo1. Hablamos de nuestro encuentro en New York, de Lisboa, y de tantas cosas que merecerían un relato propio. Pero eso no va a suceder porque sería contar mi historia.

Tras dos horas de concierto, interrumpí mi conversación y subí a felicitarle. Nos dimos las manos, pero no las miradas, la de Lucien paseaba por encima de mi americana hasta las dos chicas que inclinaban su cabeza al hablar con Boris.

Le gasté una broma cómplice, sonreí y me interpuse en su ángulo de visión. Lucien fijó sus ojos brillantes en los míos. Me agarró los hombros con sus garras sin apenas esfuerzo, pese a que yo le sacaba más de una cabeza de altura. Respiró. Soltó una mano, la izquierda, la que estrangulaba un gitanes. Caló y dejó salir el humo lentamente mientras sus labios moldeaban tres terribles palabras. Llámame Serge Gainsbourg.

Serge Gainsbourg es, desde 1957, el intérprete y compositor francés más importante, con una prolífica carrera de discos de éxito, mujeres y escándalos.

1 Ver “Arlequines y perros”


Divorcio Gay

Durante la gran guerra, la que hice en Yale, tocaba el piano junto a varios compañeros. Nuestras vidas discurrían ajenas a todo aquello que no fuera animar a nuestro equipo, salir a beber al río o aguantar las clases del Profesor Sanders.

Ahora lo veo estúpido, pero en 1913 componer himnos para el equipo de football era más de lo que la inmensa mayoría de chavales ni siquiera soñaban.

Un día cualquiera, una cabeza pequeña de pelo negro y brillante saltaba y se balanceaba detrás del piano, de un lado a otro. Quien es, Paul, cuál es su apellido, ¿qué le hace tocar así?.

En un instante, una treintena de hijos de abogados y banqueros saltaron y gritaron a coro la canción. Paul me cogió la mano y…, ya estaba al otro lado del piano. Sin soltarme me señaló; el pequeño pianista miraba en la dirección de su dedo.

- Gee, B.R., I bet –Los coros seguían y el piano había dejado de sonar. La cabeza brillante tenía ojos redondos y un cuerpo muy pequeño–, heard from ya, swear I did. Lovely to meet ya, It’s Cole right here.

Sabía mi nombre, y se había presentado con la mayor armonía que jamás escuché.

Nos hicimos inseparables, pero nunca tocamos juntos. Al acabar ese curso su abuelo insistió tanto en que estudiara leyes que estuvo un par de años en Harvard. Hasta que se dio cuenta de que esa letra no casaba con su música y cambió a Artes, que también abandonó.

Cursaba mi segundo año de ingeniería en París cuando me enteré que presentaba su primer musical en Broadway. Nos carteábamos casi todas las semanas, las noticias solían llegar por su parte, me mandaba partituras de hilarantes composiciones y me hablaba de atléticos y esbeltos estudiantes. Yo le aburría con silogismos booleanos y con revistas dadaístas que él tomaba a risa.

Era 1916 y no asistí al estreno porque no pude pagarme el barco. Fue un desastre. La crítica lo arrastró por el suelo, le colgó de un mástil, le roció alquitrán y le cubrió con plumas. No todo fue negativo; le llevó a mudarse a Francia.

Ahí llegó lo bueno. Contábamos que estaba alistado a la Legión Extranjera de Francia, cuando en realidad nos pasábamos las noches en originales fiestas con Coco Chanel y Arthur Rubinstein. Pero duró lo que tuvo que durar, y llegó el día en que sólo nos veíamos fuera del ambiente homosexual o con su futura mujer, la rica Linda Lee.

Ahí estaba el antídoto al fracaso, se reforzó, vivió, fue él mismo y se formó tocando y componiendo para exigentes audiencias.

Ya estaba listo. Volvió a los Estados Unidos en 1919.

Cole Porter ha sido el más destacado, prolífico y elegante compositor de musicales para Broadway hasta su muerte a mediados de los años sesenta.